Y
después llegó Nochevieja, esos días y hasta después de Reyes los pasamos en
casa de mis padres, allí Jimena es la única nieta, así que es la niña de la
casa. Cuando estamos allí no nos hace ni caso, literalmente, es entrar por la
puerta y solo existe su “abu”, lo cual está bien, porque también podemos
desconectar un poco, salir un rato sin niña sabiendo que ella está contenta y
en las mejores manos… pero hay veces que te gustaría decirle, “hola, no sé si
te acuerdas de mí, soy tu madre”, sobre todo al final, porque cuando llevas
unos cuantos días ha interiorizado muy bien eso de tomar el pelo a la “abu” y
pensar que puede tomárselo a todo el mundo, incluidos nosotros, que nos toca
hacer el papel de malos y no dejarnos embaucar, porque a mi madre ese papel no
le sale. Y claro, pues si nosotros le decimos que no, y la “abu” que si… ¿a que
no adivináis a quien se va a pedirle todo?
Bueno,
que me desvío del tema, estábamos en Nochevieja, y lo mismo que en Nochebuena
intentamos anticipar con Jimena todo lo posible, con el cuento, y haciendo las
cosas con tiempo, pusimos la mesa pronto, para que se diese cuenta que íbamos a
ser muchos, nos vio en la preparación de la cena, y se vistió de fiesta, la
verdad es que estaba muy contenta.
En un
principio, como por mi parte de niños solo están ella y una prima de su edad,
contamos con que cenaran con nosotros, pero enseguida nos dimos cuenta de la
locura que eso era, primero, porque no iban a cenar lo mismo que nosotros,
segundo porque no iban a tardar en cenar ni de lejos lo mismo que nosotros, y
tercero, porque con la casa llena de gente, el jaleo de esa noche, y que no
iban a ser el centro de atención para ellas iba a ser mucho mejor cenar antes,
rápido y tranquilas y después mientras cenábamos nosotros poder jugar o ver dibujos.
Y así
en teoría eso estaba muy bien, cenaron en la mesa que estaba muy bonita y
preparada para la ocasión y después se fueron a jugar, y al principio la cosa
estuvo tranquila, porque se sentaron en el suelo, al lado de la mesa que les
preparamos unos juegos; pero después se empezaron a animar, entendiendo por
animar ponerse nerviosas y liarla parda. Empezaron a correr alrededor de la
mesa, a pasar por debajo entre los pies de todos los que estábamos, a saltar en
los sillones…. Y el problema es que Jimena, cuando se junta con la prima, que
es un poco nerviosa quiere seguir su ritmo, entonces se empieza a poner
nerviosa y a subir su nivel de ansiedad.
Y ese
día con el jaleo, con la cena, con recoger a tiempo, con preparar las uvas
antes de las campanadas, pues la verdad es que las dejamos ir subiendo el nivel
hasta un punto que otras veces no les hubiéramos dejado, hasta el punto en el que
Jimena estaba totalmente descontrolada, y me la tuve que llevar, esta vez a la
fuerza, a nuestra habitación a relajarla y sacarla de esa cantidad de
estímulos.
Y digo
a la fuerza, porque tuve que agarrarla en brazos y llevármela pataleando, lo
que casi nunca pasa, porque como ya os conté la experiencia de nochebuena, lo
normal es que cuando la dices de irse a la habitación a relajarse siempre le
parece bien o incluso lo pide ella, pero esta vez ya estaba en el punto en el
que no razonaba; pero en menos de un minuto de estar las dos solas en la
habitación se le pasó y empezamos a hacer juego estructurado, que es lo que más
la relaja, nos sentamos las dos en el suelo, ella sentada sobre mis piernas y
empezó a jugar con unas figuritas, las puso en fila y después hacían todas le
mismo recorrido, primero lo hizo ella con dos figuras seguido y después me dio la
tercera para que lo hiciese yo.
Después
de estar unos minutos así, cuando vi que ya estaba relajada y me escuchaba lo
que le decía la pregunté si quería salir con todos, que iban a poner en la
televisión las campanadas y que había que tomarse las uvas, la primera vez me
dijo que no, y seguimos jugando, así que la verdad es que yo pensaba que nos
habríamos perdido las campanadas, porque aunque no tenía muy claro que hora era
debía de ser más o menos en ese momento, tampoco es que me importase mucho,
pero bueno, sobre todo porque los demás viesen que la niña estaba bien, y que
estuviesen tranquilos.
Cuando
se lo pregunté por segunda vez, si quería que saliésemos con todos, me dijo que
si, y cuando salimos por la puerta me dijo mi madre que faltaba un minuto (y yo
que pensaba que el jaleo se habría pasado ya), así que tuve que tomar una
decisión rápida sobre lo que hacer, según mi hermana, fue montar un numerito,
según yo, fue ahorrarle un jaleo que no iba a saber de dónde le venía, que no
tenía tiempo de prepararla ni anticiparle y sobre todo que podía volver a
ponerle nerviosa y en un nivel de ansiedad igual de alto que unos minutos atrás.
Así que me fui a otra habitación, con nuestros vasitos con 12 gominolas, (a mí
no me gustan las uvas, y a Jimena no me había dado tiempo a pelárselas y cortárselas),
y se nos unió la otra peque de la casa, y vimos las tres sentadas en el suelo
las campanadas con Pocoyó en el canal de los dibujos animados.
Sé que
ella no entendió lo que significaba eso, no tengo muy claro ni siquiera si disfrutó
la experiencia, pero lo que si tengo claro, es que lo volvería a hacer, porque
creo que haber metido a Jimena en ese momento al salón con quince personas de
pie, tomando uvas mientras miran la tele, dando saltos y felicitándose el año
nuevo, la hubiese alterado muchísimo. De hecho, después dejó que todos la
diesen besos, que los abuelos la cogiesen un poquito en brazos, pero enseguida
nos pidió irse a la cama.
Y allí
descubrió otra de las novedades de las fiestas, los petardos, después del rato que
llevaba, que ya estaba nerviosa, y quería que me tumbase a su lado y la
abrazara, de repente empezaron a escucharse las explosiones de los petardos, y
la pobre, me miraba y me decía “edo” (miedo) y a meter la cabeza debajo de la
almohada. Menos mal que del propio agotamiento que llevaba se durmió muy
rápido.
Al día
siguiente menos mal que volvió un poco la calma, estábamos solos con los
abuelos, la bisabuela y los tíos, vamos como cualquier domingo cuando nos
juntamos, así que para ella era todo más conocido y más rutina, así que estuvo
mucho más tranquila. Lo que decía, que ella no sabe que es un día distinto y
tampoco lo necesita, ya tendrá años por delante para saber lo que es fin de
año.
Lo más
divertido, que por la mañana al despertarse estuvimos viendo un ratito del
concierto de año nuevo, y fue divertidísimo estar con los tíos y la “abu” dando
palmas con la marcha Radetzky, es algo que me encantó, y espero poder repetir
muchos años con ella.
Y ya
nos toca esperar a que vengan sus majestades los Reyes magos de Oriente, algo
que llevó mucho mejor que fin de año y que estoy deseando contaros.
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