Aprovechando
que en la anterior entrada hablábamos de la pediatra de Jimena quería contaros
como ha sido su evolución en la relación con los médicos. Porque ya sabéis que
los señores y señoras de bata blanca no es lo que más le guste a ningún niño…
bueno, pues a Jimena menos todavía.
La
espera no le importa, vamos, una espera normal, no la del neuropediatra que
puede ser de hasta hora y media, pero de él ya hablaremos en otra entrada. De
hecho, le suele gustar, porque la sala de espera suele estar llena de niños,
que a no ser que estén con mucha fiebre tienen ganas de jugar, incluso alguno
lleva juguetes, incluida Jimena, que cuando vamos a algún especialista intento
acordarme de llevar juguetes, pinturas y alguna cosilla de comer… ya he dicho
que somos especialistas en largas esperas. Así que Jimena corre, juega,
persigue, imita… vamos, la sala de espera puede llegar a ser más divertida que
el patio del cole.
Tampoco
le importa que la llamen, cuando oye su nombre deja los juguetes si son de otro
niño o los recoge si son los suyos, y entra en la consulta, busca una silla y
se sienta frente al médico. Hasta ahí todo perfecto, pero en el momento en el
que yo ya he hablado con el médico, le he dicho lo que le pasa y el médico
pronuncia la gran frase: “Jimena, vamos a verte, vamos a la camilla”. Jimena se
transforma, le sale el Gremlin malo y empieza a chillar y patalear. Para
mirarle la garganta y los oídos hemos tenido que estar dos personas sujetando y
la pediatra mirando cómo mejor podía para no hacerle daño.
Daba
igual la anticipación, que le contásemos donde íbamos, lo que iba a pasar o a
quien íbamos a ver. Daba igual enseñarle fotos o dibujos. Daban igual las
explicaciones o que me lo hiciesen primero a mí. Daban completamente igual los
premios y recompensas si se portaba bien. Daba igual que mamá estuviese triste
o contenta según ella se portase. Daban igual las palabras dulces y cariñosas
de mamá o de la pediatra, las canciones o los versos recitados.
Siempre,
y quiero decir todas y cada una de las visitas al médico acababan igual, en
cuanto cogía a Jimena y la acercaba a la camilla un disgusto grandísimo, y no
era por dolor o por lo que le hiciese el médico, porque era solo con sentarla
allí, antes de tocarla o hacerle nada, así que disgusto ella y disgusto yo,
porque tienes que sujetar a tu hija contra su voluntad para que un desconocido
para ella la toque y la examine mientras te mira con esa carita de: “mamá por
qué dejas que me hagan esto”. Y claro, tú sabes porque lo estás haciendo, pero
como se lo explicas, porque un “es por tu bien” o “solo así te vas a poner
buena” es demasiado complejo para que ella lo entienda.
Al
final solo quedaba decirle que iba a ser muy rápido, que iba a acabar muy
pronto, y en cuanto terminaba darle un gran abrazo y besos hasta que se
relajaba. Después, una vez calmada, venía la parte más difícil, ella se
apartaba de mí y me miraba con una mezcla de enfado y decepción por haber
dejado que le hiciesen todas esas cosas, y construía un gran muro entre
nosotras. Es cierto que su enfado solía durar muy poco, nunca más de media
hora, pero para mí era la media hora más larga del mundo, después de todo el
trabajo para acercarnos, para comunicarnos, para entendernos ella no quería ni
mirarme.
Hasta
tal punto llegó su miedo por los médicos, que era ver una bata blanca y dar un
paso atrás, incluso cuando veía a las chicas de la farmacia, que también van con
bata, no quería ni acercarse, ni decirles hola, ni mirarlas.
Así
que para ella fue un momento muy duro cuando descubrió que su abuela trabaja en
el hospital y que también lleva bata blanca. Fue un día que llegamos a
Guadalajara en el momento justo en que la abuela Tere salía de trabajar, así
que decidimos darle una sorpresa y entrar a buscarla. Jimena nunca había estado
en el hospital de Guadalajara, así que de primeras no sabía dónde estábamos,
solo que yo le decía que íbamos a ver a la abu. Empezó a mosquearse cuando
empezó a ver a gente vestida de blanco por los pasillos, pero como ninguno le
decía nada pues no parecía que fuese mal la cosa, hasta que de repente alguien
la llama, ella reconoce la voz de la abu y levanta la mirada, y se encuentra
con una señora vestida entera de blanco. Le cambió la cara, decía que no y no
quiso que la cogiera en brazos hasta que se cambió de ropa, incluso entonces la
estuvo mirando raro durante un rato. Estuvimos una buena temporada sin volver a
ir a ver a la abu al trabajo, aunque un tiempo después aprendió que a ella no
iba a hacerle nada y pudimos volver a ir.
Todo
esto ha sido así hasta hace menos de dos meses. Teníamos la revisión del
especialista de digestivo, yo iba con miedo y con todas mis explicaciones para
la conducta de Jimena, cuando de repente, llegó la gran frase: “muy bien Jimena,
vamos a verte, hay que quitar la ropa y subir a la camilla”, yo me levanté,
preparada para calmar al Gremlin malo y Jimena se levantó de la silla, se quitó
los zapatos y la ropa ella sola, y se subió a la camilla. La doctora me miró,
porque yo no reaccionaba y tenía la boca abierta con la mandíbula hasta el
suelo. Le expliqué que era la primera vez que Jimena se comportaba así en el
médico, así que estaba completamente alucinada, pero eso solo fue el principio.
Porque después Jimena colaboró en todo, abrió la boca cuando se lo pidieron, se
subió a la báscula y se estuvo quieta, se dejó medir y palpar la tripa. Vamos,
pensaba que me la habían cambiado, así que después le pregunté si quería un
premio por haberse portado bien y me dijo que sí, vamos, cambio total.
Yo
no quería hacerme muchas ilusiones, podía ser solo un día bueno, pero un par de
semanas después tuvimos que ir a la pediatra porque estaba resfriada, y allí
fue igual, se subió sola a la camilla, se levantó la camiseta para que la
auscultaran y sopló cuando se lo pidieron, se dejó mirar los oídos y abrió la
boca para que le mirasen la garganta. Después se quedó con el depresor y con
una pegatina que ponía lo he hecho muy bien, que iba enseñando a todo el mundo.
La pediatra no podía creérselo, y yo tampoco.
No
puedo asegurar que vaya a ser siempre así, que no vayamos a volver a tener días
malos, que vayamos a un médico nuevo y no quiera que la toquen. Pero esto me ha
enseñado que puede hacerlo. Que es capaz de entender quién es el médico y cuál
es su trabajo, que es capaz de calmar su miedo y saber que no la van a hacer
daño. Ahora sé que Jimena sabe cómo tiene que portarse y que hay que ayudar al
médico, que así es más fácil y no tenemos que agarrarla a la fuerza. Nadie
puede asegurar que Jimena no va a dar un paso atrás, pero esto me ha enseñado
que los pasos hacia delante son grandísimos y nos hacen muy felices.
Sala de espera del hospital Infantil
A nadie le gustan los médicos....
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