viernes, 13 de noviembre de 2015

JIMENA Y LOS MÉDICOS



Aprovechando que en la anterior entrada hablábamos de la pediatra de Jimena quería contaros como ha sido su evolución en la relación con los médicos. Porque ya sabéis que los señores y señoras de bata blanca no es lo que más le guste a ningún niño… bueno, pues a Jimena menos todavía.

La espera no le importa, vamos, una espera normal, no la del neuropediatra que puede ser de hasta hora y media, pero de él ya hablaremos en otra entrada. De hecho, le suele gustar, porque la sala de espera suele estar llena de niños, que a no ser que estén con mucha fiebre tienen ganas de jugar, incluso alguno lleva juguetes, incluida Jimena, que cuando vamos a algún especialista intento acordarme de llevar juguetes, pinturas y alguna cosilla de comer… ya he dicho que somos especialistas en largas esperas. Así que Jimena corre, juega, persigue, imita… vamos, la sala de espera puede llegar a ser más divertida que el patio del cole.

Tampoco le importa que la llamen, cuando oye su nombre deja los juguetes si son de otro niño o los recoge si son los suyos, y entra en la consulta, busca una silla y se sienta frente al médico. Hasta ahí todo perfecto, pero en el momento en el que yo ya he hablado con el médico, le he dicho lo que le pasa y el médico pronuncia la gran frase: “Jimena, vamos a verte, vamos a la camilla”. Jimena se transforma, le sale el Gremlin malo y empieza a chillar y patalear. Para mirarle la garganta y los oídos hemos tenido que estar dos personas sujetando y la pediatra mirando cómo mejor podía para no hacerle daño.

Daba igual la anticipación, que le contásemos donde íbamos, lo que iba a pasar o a quien íbamos a ver. Daba igual enseñarle fotos o dibujos. Daban igual las explicaciones o que me lo hiciesen primero a mí. Daban completamente igual los premios y recompensas si se portaba bien. Daba igual que mamá estuviese triste o contenta según ella se portase. Daban igual las palabras dulces y cariñosas de mamá o de la pediatra, las canciones o los versos recitados.

Siempre, y quiero decir todas y cada una de las visitas al médico acababan igual, en cuanto cogía a Jimena y la acercaba a la camilla un disgusto grandísimo, y no era por dolor o por lo que le hiciese el médico, porque era solo con sentarla allí, antes de tocarla o hacerle nada, así que disgusto ella y disgusto yo, porque tienes que sujetar a tu hija contra su voluntad para que un desconocido para ella la toque y la examine mientras te mira con esa carita de: “mamá por qué dejas que me hagan esto”. Y claro, tú sabes porque lo estás haciendo, pero como se lo explicas, porque un “es por tu bien” o “solo así te vas a poner buena” es demasiado complejo para que ella lo entienda.

Al final solo quedaba decirle que iba a ser muy rápido, que iba a acabar muy pronto, y en cuanto terminaba darle un gran abrazo y besos hasta que se relajaba. Después, una vez calmada, venía la parte más difícil, ella se apartaba de mí y me miraba con una mezcla de enfado y decepción por haber dejado que le hiciesen todas esas cosas, y construía un gran muro entre nosotras. Es cierto que su enfado solía durar muy poco, nunca más de media hora, pero para mí era la media hora más larga del mundo, después de todo el trabajo para acercarnos, para comunicarnos, para entendernos ella no quería ni mirarme.

Hasta tal punto llegó su miedo por los médicos, que era ver una bata blanca y dar un paso atrás, incluso cuando veía a las chicas de la farmacia, que también van con bata, no quería ni acercarse, ni decirles hola, ni mirarlas.

Así que para ella fue un momento muy duro cuando descubrió que su abuela trabaja en el hospital y que también lleva bata blanca. Fue un día que llegamos a Guadalajara en el momento justo en que la abuela Tere salía de trabajar, así que decidimos darle una sorpresa y entrar a buscarla. Jimena nunca había estado en el hospital de Guadalajara, así que de primeras no sabía dónde estábamos, solo que yo le decía que íbamos a ver a la abu. Empezó a mosquearse cuando empezó a ver a gente vestida de blanco por los pasillos, pero como ninguno le decía nada pues no parecía que fuese mal la cosa, hasta que de repente alguien la llama, ella reconoce la voz de la abu y levanta la mirada, y se encuentra con una señora vestida entera de blanco. Le cambió la cara, decía que no y no quiso que la cogiera en brazos hasta que se cambió de ropa, incluso entonces la estuvo mirando raro durante un rato. Estuvimos una buena temporada sin volver a ir a ver a la abu al trabajo, aunque un tiempo después aprendió que a ella no iba a hacerle nada y pudimos volver a ir.


Todo esto ha sido así hasta hace menos de dos meses. Teníamos la revisión del especialista de digestivo, yo iba con miedo y con todas mis explicaciones para la conducta de Jimena, cuando de repente, llegó la gran frase: “muy bien Jimena, vamos a verte, hay que quitar la ropa y subir a la camilla”, yo me levanté, preparada para calmar al Gremlin malo y Jimena se levantó de la silla, se quitó los zapatos y la ropa ella sola, y se subió a la camilla. La doctora me miró, porque yo no reaccionaba y tenía la boca abierta con la mandíbula hasta el suelo. Le expliqué que era la primera vez que Jimena se comportaba así en el médico, así que estaba completamente alucinada, pero eso solo fue el principio. Porque después Jimena colaboró en todo, abrió la boca cuando se lo pidieron, se subió a la báscula y se estuvo quieta, se dejó medir y palpar la tripa. Vamos, pensaba que me la habían cambiado, así que después le pregunté si quería un premio por haberse portado bien y me dijo que sí, vamos, cambio total.

Yo no quería hacerme muchas ilusiones, podía ser solo un día bueno, pero un par de semanas después tuvimos que ir a la pediatra porque estaba resfriada, y allí fue igual, se subió sola a la camilla, se levantó la camiseta para que la auscultaran y sopló cuando se lo pidieron, se dejó mirar los oídos y abrió la boca para que le mirasen la garganta. Después se quedó con el depresor y con una pegatina que ponía lo he hecho muy bien, que iba enseñando a todo el mundo. La pediatra no podía creérselo, y yo tampoco.

No puedo asegurar que vaya a ser siempre así, que no vayamos a volver a tener días malos, que vayamos a un médico nuevo y no quiera que la toquen. Pero esto me ha enseñado que puede hacerlo. Que es capaz de entender quién es el médico y cuál es su trabajo, que es capaz de calmar su miedo y saber que no la van a hacer daño. Ahora sé que Jimena sabe cómo tiene que portarse y que hay que ayudar al médico, que así es más fácil y no tenemos que agarrarla a la fuerza. Nadie puede asegurar que Jimena no va a dar un paso atrás, pero esto me ha enseñado que los pasos hacia delante son grandísimos y nos hacen muy felices.

Sala de espera del hospital Infantil

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